La amistad
En unas de tantas tertulias que se
producen en los vagones de mi tren, un buen amigo afectado de
Parkinson y compañero de viaje “Josep” me contaba con cierta
vehemencia un hallazgo importante en su vida que le hizo crecer,
comprender y comprenderse mejor.
Me contaba como hasta entonces él
siempre había estado rodeado de gente pero que, sin embargo, en
sus largas noches compartidas con nuestro compañero común no
deseado “Parkinson”, cuando apagaba la luz y cerraba los ojos
inspirando profundamente, sentía como si, mezclado con el aire, un
profundo sentimiento de soledad se apoderase de él.
Mi amigo no lograba comprender porqué
se sentía tan sólo y vacío si tenía tantos amigos con los que
divertirse en tantos momentos de ocio. Pero una noche tras otra,
pensando en cuales podían ser las causas de esta incomprensible
contradicción, comprendió finalmente lo que le sucedía. Se dio
cuenta de que a lo que él llamaba amigos, en el fondo eran rostros
cotidianos con los que compartía poco más que conversaciones y
momentos casi siempre triviales.
Se dio cuenta de que aunque siempre
había pensado que la amistad era algo importante, su vida diaria
poco tenía que ver con esta idea. Su ideal de amistad era en
realidad una pose forzada, algo así como una especie de mueca
enclavada en su alma, nacida de lo que se suponía que tenía que
pensar. Mi amigo se dio cuenta que los amigos no se podían tener y
que hasta entonces, había confundido la soledad compartida con la
amistad.
Comprendió que de nada servía tener
una larga lista de nombres que representaban personas, si
realmente no practicaba la amistad. “La amistad es un proceso
activo basado en la confianza, el interés mutuo y el cariño
sencillo y espontáneo”, me dijo. Y a partir de ese día, me contó
que comenzó a interesarse en conocer de verdad a sus amigos,
preocupándose por ellos, por sus problemas y preocupaciones.
Me contó también que la amistad le
había requerido un esfuerzo, pero un esfuerzo que le enriquecía y
le transformaba, pues de esta manera sus amigos pasaban a formar
parte de él mismo. Al comprender la amistad como un proceso
activo, consiguió tejer los lazos que unieron su ideal de amistad
con sus amigos, y refundió al fin la vieja soledad compartida, en
viva, nueva y reluciente amistad.
Yo cada día voy comprendiendo mejor
qué hacer; es la mejor forma de decir, y que cada uno… Es lo que
su vida expresa.
Agradezco a todos los que se han
interesado por el escrito del día 19 de agosto, brindándoles mi
amistad, deseo, que no se suban a mi tren pero que nos saluden
en las distintas estaciones y jaleen a los “Revisores” para que
hagan callar al compañero no deseado.
Antonio Olmo


Rosa Puigvi