Sales
a la calle
Sales
a la calle y ninguna rama de ningún árbol se mueve igual. Ya
nada es como hace cinco minutos, la mirada de las gentes cambió,
les cubre un velo de cataratas de luna eclipsada, la puerta
antigua de madera que tanto te gustaba cuando volvías a casa,
esa que has visto desde pequeño, que en sus repujados veías
caras, damas antiguas con sombreros, barcos, hombres con
bigotes, parece que tiene otros dibujos, otro color, otro
tacto, la tocas y un resto de grasa de cocina de bar de
fritanga se te queda pegada. El paseo no te dio la energía de
antes, el café que tomaste nada mas salir, por reflexionar un
poco, por tomar tiempo para algo que no sabes en realidad que
es, no tenia el mismo sabor que el de ayer, ni el camero te miró
igual, ni el autobús olía lo mismo, ni el aire fresco era ya
fresco sino una especie de bochorno previo,( en un día de
Agosto) a una tormenta, pero esa tormenta cayó y no aireo la
atmósfera, siguió el calor pegajoso y sabes que no se irá mas de
tu piel, que ninguna ducha fría aliviará jamás la suciedad que
te cubre, que ninguna palabra amable enfriará el rencor de haber
sido y no ser ya, que ninguna lágrima tendrá la salubridad
suficiente para vaciar tu amargura, que ninguna risa de antes
tenía sentido, que miras tus fotos de antes y ves a un pobre
inocente que ignora todo, que te ves como un niño que estuviera
echando al buzón su carta de Reyes y la madre lo mirara con
tierna complacencia y alguien se acercara, en ese momento, para
decirle que no, que los Reyes son la madre que le da la mano y
de repente viera todo claro, la mentira, la realidad , el
engaño y maldijera interiormente a su madre, pero siguiera
fingiendo que no pasa nada que todo sigue igual, continuara
poniendo los zapatos abrillantados y la complaciera siguiendo
siendo el niño que ya no será jamás.
Llegas
al trabajo y los saludos son falsos, los chistes te suenan a
como cuando alguien no escuchó parte de uno, y el narrador lo
cuenta de nuevo y ya el momento pasó y el chiste perdió su
esencia, no tiene gracia, flota por un tiempo en el aire sin
nadie que lo recoja, congelando sonrisas, haciendo de lo cómico
algo patético, dando una sensación de vergüenza ajena.
Estas
en un bar y se acerca una persona a pedir, lleva el pantalón
remangado para que veas su desgracia, miras sin querer y ves en
el sitio de la pierna una carne negra, lagrimeada de tonos
morados, rojizos, que es apretada por un calcetín, de un color
indefinidamente gris como esas amalgamas de plastilina cuando
los escolares mezclan los colores y ya al final de curso
adquieren un tono de un aspecto irremediablemente sucio, que te
hace cortar la conversación, volver la cara, arrancar del
estomago una bocanada de café o cerveza ya agrio.
Tomas
el ascensor y hueles a colilla, a sudor, a aburrimiento, a
polvo, a semen, a sangre, a aliento podrido, a pescado podrido,
a escupitajo verde, a fruta pasada, al líquido que soltó la
bolsa de basura mal cerrada, a sobaco, a ropa de alcohólico, a
crisantemos de cementerio. Cerrado, hermético, claustrofóbico.
Tu
mujer o tu marido pasaron de ser un deseo a un cuidador. Que no
leerá tu novela, leerá los prospectos de los medicamentos, las
contraindicaciones. La copa que a veces os tomabais juntos ahora
es una posible interacción medicamentosa, el amor una higiene
necesaria para la salud, la comida sin sabor, olor ni color. Le
hablas y sus respuestas son condescendientemente estudiadas.
Un
pequeño ataúd con lo que fue un niño que conociste, que vistes
jugar en tu calle, reír en tu puerta, al que sólo un día antes
le pedías paso para subir el escalón del portal en el que el
estaba sentado. O peor aun ese niño que siempre deseaste tener y
no nació, que vive en tu memoria y vivirá hasta que te mueras.
El
sobre del diagnostico que llevas bajo el brazo se te quedó
pegado al sudor de la axila y algún trozo se desgarró al
intentar quitártelo, lo miras y esta mojado de sudor, te parece
que huele mal que huele a sudor rancio, que todo tu huele y
olerá mal aunque te laves una y mil veces.
Llegas
a casa y no hace falta que te pregunten nada, pues ellos antes
que tu sabían donde estaban los juguetes escondidos, donde los
habían comprado y cuanto costaron. Todos y TÚ también lo sabías.
Carmen
Ronda
17 de abril de 2009